Escape en teletransportador

2001: A Space Odyssey

Hace un año escribí este cuento para un concurso sobre el fin del mundo. No gané primero, segundo o tercer lugar. Meses después, con este mismo cuento, gané primer lugar en otro concurso de cuento con temática libre.

“Escape en teletransportador” existe gracias a “Rosama”, una señora que un día me aseguró que estaba construyendo un teletransportador, y que sólo necesitaba mi lap top para lograrlo. Gracias, Rosama, donde quiera que estés.

Este cuento fue escrito para ser leído HOY, 21 de diciembre de 2012, día en que se sitúa esta historia.

Pueden leerlo aquí o en novelistik.com.

 

Escape en teletransportador

 

Damián veía fotos del búnker donde se refugiaría cuando Hugo entró al cuarto.

-¡Tengo la solución!

Damián cerró la lap top y miró con fastidio a su compañero de piso.

-No empieces otra vez.

-¡Voy a construir un teletransportador!

Damián se puso de pie y se dirigió a la puerta.

-¡Espera! ¡Primero escúchame!

-Oí suficiente, quítate.

-¡Sólo así sobreviviremos la catástrofe!

-Estás completamente loco.

Hugo corrió hasta la puerta y se interpuso en el camino de Damián, si no lo detenía se iría al búnker de Marcos, quien jamás dejaría que él entrase; se había tirado a su novia hace unos meses.

-¿Sabes cuál es tu problema, Damián? No tienes fe en nada.

-Tú a mí no me hables de fe. Además, ¿cómo diablos planeas construir un teletransportador?

Hugo odiaba el tono burlón de Damián, pero en lugar de golpearlo, respiró hondo y recordó que llevaba más de un año viviendo en el departamento de su amigo, sin pagar un peso de renta.

-Todo lo que necesito es tu lap top.

Damián se rió y miró a Hugo como si hubiera perdido la razón.

-¡Es eso o quedarnos a morir aquí, Damián! Tú decides.

-¿Quedarnos? Yo ya me iba, Hugo, tengo un lugar reservado en el búnker de Marcos.

-Sabes que nunca me dejará entrar.

-No estás invitado.

-¿Vas a depender de ese güey toda la vida? Será el tirano de esa comuna, tú lo sabes. Tendrás que acatar sus órdenes y ese búnker será un infierno del que nunca podrás escapar. ¿Habías pensando en eso?

Damián recordó que el libro favorito de Marcos era El príncipe de Maquiavelo y que su modelo a seguir era Adolfo Hitler. Volvió a sentarse y, aturdido, se dispuso a escuchar el plan de Hugo.

-Sólo dime cómo vas a construir eso con mi lap top.

Damián no podía creer que estaba discutiendo algo tan insólito con un adicto al crack.

-Desde hace años tengo todo armado, sólo déjame encontrar mi diskette.

-¡¿Diskette?! ¡Las computadoras ya no usan diskette!

-No puede ser –contestó Hugo, con la mandíbula más trabada que nunca.

Damián salió furioso, con todo y lap top. Se detuvo en el puesto de periódico: “¡Fin del mundo inminente!”, “Búnkers: cupo agotado” y “El Papa Benedicto sugiere orar” eran algunos de los encabezados. Todo ese pánico asqueaba a Damián. Ver a la gente correr de un lado a otro, sin rumbo, con maletas, como si hubiera un avión que tomar a algún lugar seguro, le parecía estúpido. La única salvación eran los búnkers y ya no había cupo, pero él no tenía de qué preocuparse, ya tenía su lugar en el de Marcos, ese amigo que se sabía de memoria pasajes de Mein Kampf; que creía que había que someter a los “seres inferiores” e infundirles miedo para que nunca intentaran escapar. También recordó que, para entrar al búnker, Marcos exigía que nadie ingresara con aparatos electrónicos, pues quería una comuna libre de cualquier tipo de nuevas tecnologías, “las verdaderas culpables del fin del mundo”, según él.

Cuando Damián abrió la puerta de su departamento, encontró a Hugo muy agitado, dentro de algo parecido a una nave espacial hecha de cartón. El asiento era el sillón de la sala, la parte frontal consistía en la televisión, el techo era la cobija de Damián, un costado era la cajonera de Hugo, y el otro era una puerta corrediza, también hecha de cartón.

-¿Se puede saber qué estás haciendo?

-¿Qué no ves? ¿Y tú, qué no ibas al búnker de tu amigo Marcos?

-Recordé que están prohibidas las lap tops. Toma, te la regalo.

Hugo se conmovió hasta las lágrimas, luego recordó que Damián había decidido abandonarlo.

-No quiero tu pinche lap. Ni tiene para diskette. Además, ya terminé el teletransportador.

Damián vio que dentro de la nave había una mesita y, sobre ella, encendedores, pipas y bolsitas con piedras blancas. La imagen en la televisión era el inicio de 2001: Una odisea del espacio. Hugo sostenía el control del reproductor de DVD, con el índice listo sobre el botón de play.

-Vamos, Damián. Se acaba el tiempo –dijo Hugo, con los ojos más negros del mundo.

Damián sonrió y entró al teletransportador, ocupó su sitio, cerró la puerta y Hugo apretó play.

-Mildred Pérez de la Torre.

*Cuento ganador del 1er lugar en el concurso de cuento Kya!

Lee la versión ilustrada, publicada en la revista Kya! aquí.

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