Recordando a Graham Greene (02-10-1904 / 03-04-1991)

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Foto: guardian.co.uk

Qué mejor manera de recordar a Graham Greene que leyendo uno de mis cuentos favoritos: “Los destructores”, publicado en el libro Veinitún cuentos de este escritor británico.

Aquí se los comparto.

Los destructores

Fue en la víspera del feriado bancario de agosto que el último recluta se convirtió en líder de la Pandilla de Wormsley Common. Nadie se sorprendió excepto Mike, pero a los nueve años de edad Mike se sorprendía por todo. “Si no cierras la boca” le dijo alguien una vez, “un sapo te entrará por ella”. Después de eso Mike mantenía los dientes apretados con fuerza salvo cuando la sorpresa era demasiado grande.

El nuevo recluta había estado en la pandilla desde el principio de las vacaciones de verano, y había en su silencio meditativo posibilidades que todos reconocían. Jamás desperdiciaba una palabra ni siquiera para decir su nombre hasta que las reglas se lo exigían. Cuando dijo “Trevor”, fue la declaración de un hecho, no, como hubiera sido con los otros, una declaración de vergüenza o desafío. Ni tampoco rió nadie, excepto Mike, quien, cuando se dio cuenta de que se encontraba sin apoyo y cuando vio la mirada oscura del recién llegado, abrió la boca y volvió a callarse. Había todas las razones por las que T., como se lo nombró a partir de ese momento, debía haber sido objeto de burla; estaba su nombre (y lo reemplazaron por la inicial porque de otra manera no habrían tenido excusa para no reírse de él), el hecho de que su padre, ex arquitecto y actual empleado administrativo, había “descendido en su posición social” y que su madre se consideraba mejor que los vecinos. ¿Qué sino una extraña cualidad de peligro, de lo impredecible, lo estableció en la pandilla sin tener que pasar por ninguna innoble ceremonia de iniciación?

La pandilla se reunía todas las mañanas en una improvisada playa de estacionamiento, el sitio donde había caído la última bomba del primer bombardeo. El líder, a quien conocían como Blackie, sostenía haber oído cuando cayó, y nadie tenía las fechas lo suficientemente precisas como para señalar que en ese momento él debía haber tenido un año de edad y debía haber estado profundamente dormido en el andén de la Estación de Subterráneos de Wormsley Common. A un lado de la playa de estacionamiento se inclinaba la primera casa ocupada, la número 3, de la destrozada Northwood Terrace; se inclinaba literalmente, puesto que había sido afectada por el estallido de la bomba y las paredes laterales estaban sostenidas por puntales de madera. Más allá había caído una bomba más pequeña y bombas incendiarias, de manera que la casa se mantenía en pie como un diente mellado y se continuaba en las ruinas linderas de su vecina, un friso, los restos de una chimenea. T., cuyas palabras estaban casi restringidas a votar “sí” o “no” para el plan de operaciones que cada día proponía Blackie, una vez sobresaltó a toda la banda cuando dijo, cavilante:

-Esa casa la construyó Wren, dice mi padre.

-¿Quién es Wren?

-El hombre que construyó la catedral de St. Paul.

-¿A quién le importa? -dijo Blackie-. Es del Viejo Miseria.

El Viejo Miseria -cuyo verdadero nombre era Thomas- había sido una vez un constructor y decorador. Vivía solo en la casa lisiada, ocupándose de sus cosas: una vez por semana se lo podía ver regresando por el terreno público con pan y verduras, y en una ocasión, cuando los chicos jugaban en la playa de estacionamiento, asomó la cabeza por encima de la quebrada pared de su jardín y los miró.

-Estaba en el lavatorio -dijo uno de los chicos, porque era de público conocimiento que desde que cayeron las bombas algo andaba mal con las cañerías de la casa y el Viejo Miseria era demasiado avaro como para invertir dinero en la propiedad. Podía ocuparse de redecorar él mismo a precio de costo, pero jamás había aprendido plomería. El lavatorio era un cobertizo de madera en el fondo del angosto jardín con un agujero en forma de estrella en la puerta: había esquivado el estallido que aplastó la casa de al lado y que hizo volar los marcos de las ventanas de la número 3.

La siguiente ocasión en que la pandilla notó al Sr. Thomas fue más sorprendente. Blackie, Mike y un chico delgado y amarillo, a quien por alguna razón se lo llamaba por el apellido, Summers, se encontraron con él en el terreno común, cuando volvía del mercado. El Sr. Thomas los detuvo. Dijo de manera hosca:

-¿Ustedes son de ese grupo que juega en la playa de estacionamiento?

Mike estaba a punto de contestar cuando Blackie se lo impidió. Como líder, tenía responsabilidades.

-¿Y si lo fuéramos? -dijo con ambigüedad.

-Tengo algunos chocolates -dijo el Sr. Thomas-. A mí no me gustan. Aquí tienen. No alcanzan para repartir a todos, supongo. Nunca alcanza -agregó con sombría convicción. Les dio tres paquetes de Smarties.

La pandilla quedó desconcertada y perturbada por ese acto y trató de encontrar alguna explicación que disminuyera su importancia.

-Seguro que se le cayeron a alguien y él los recogió -sugirió uno.

-Los robó y después le agarró un miedo terrible -pensó otro en voz alta.

-Es un soborno -dijo Summers-. Quiere que dejemos de lanzar la pelota contra la pared de su casa.

-Le mostraremos que no aceptamos sobornos -dijo Blackie, y sacrificaron toda la mañana al juego de lanzar la pelota, que sólo Mike tenía la edad lo suficientemente corta como para disfrutar. No hubo señales del Sr. Thomas.

Al día siguiente T. los asombró a todos. Había llegado tarde a la reunión, y la votación para las actividades de ese día tuvo lugar sin él. De acuerdo con la sugerencia de Blackie la pandilla se dispersaría en pares, se subiría a los ómnibus al azar para ver cuántos viajes gratis podrían obtener de guardias descuidados (la operación se llevaría a cabo de a pares para evitar que alguien hiciera trampa). Estaban sorteando los compañeros cuando llegó T.

-¿Dónde estabas, T.? -preguntó Blackie-. Ahora no puedes votar. Ya conoces las reglas.

-Estaba allí -dijo T. Miró el suelo, como si tuviera ideas que ocultar.

-¿Dónde?

-En lo del Viejo Miseria.

La boca de Mike se abrió y después se cerró apresuradamente con un chasquido. Se había acordado del sapo.

-¿En lo del Viejo Miseria? -dijo Blackie. No había nada en las reglas que lo impidiera, pero tenía la sensación de que T. estaba pisando terreno peligroso. Preguntó, con esperanza:

-¿Entraste?

-No. Toqué el timbre.

-¿Y qué dijiste?

-Dije que quería ver la casa.

-¿Él qué hizo?

-Me la mostró.

-¿Robaste algo?

-No.

-¿Para qué lo hiciste entonces?

La pandilla se había reunido alrededor: era como si estuviera a punto de formarse una corte improvisada para tratar un caso de desvío. T. dijo: “Es una casa hermosa”, y sin dejar de vigilar el suelo, sin mirar a nadie a los ojos, se lamió los labios, primero para un lado, después para el otro.

-¿Qué quieres decir con que es una casa hermosa? -preguntó Blackie con sorna.

-Tiene una escalera de doscientos años de antigüedad, como un sacacorchos. No está sostenida por nada.

-¿Qué quieres decir con que no está sostenida por nada?

¿Flota?

-Tiene que ver con fuerzas opuestas- dijo el Viejo Miseria.

-¿Qué más?

-Hay paneles.

-¿Como en el Blue Boar?

-De doscientos años.

-¿El Viejo Miseria tiene doscientos años?

Mike se rió de pronto y luego se quedó callado otra vez. El ánimo de la reunión era serio. Por primera vez, desde que T. había entrado en la playa de estacionamiento el primer día de las vacaciones, su posición estaba en peligro. Sólo se necesitaba que se mencionara una única vez su nombre y la pandilla se le echaría encima.

-¿Para qué lo hiciste? -preguntó Blackie. Él era justo, no sentía celos, estaba ansioso por conservar a T. en la pandilla si podía. Era la palabra “hermosa” lo que le preocupaba; pertenecía al mundo de una clase que todavía podía verse parodiada en el Wormsley Common Empire por un hombre que llevaba un sombrero alto y un monóculo, y hablaba con un acento vacilante. Estuvo tentado de decir: “Mi querido Trevor, viejo amigo” y soltarles la rienda a sus sabuesos infernales.

-Si hubieras entrado por la fuerza -dijo con tristeza… -eso sí hubiera sido una actividad digna de la pandilla.

-Esto era mejor -dijo T.-. Averigüé cosas.

Continuó mirándose fijamente los pies, sin mirar a nadie a los ojos, como si estuviera absorto en un sueño que no estaba dispuesto a -o que le daba vergüenza- compartir.

-¿Qué cosas?

-El Viejo Miseria va a estar fuera todo el día de mañana y el feriado bancario. Blackie dijo con alivio:

-¿Quieres decir que podríamos entrar por la fuerza?

-¿Y robar cosas? -preguntó alguien.

Blackie dijo:

-Nadie va a robar cosas. Entrar por la fuerza… con eso alcanza, ¿verdad? No queremos ninguna cuestión legal.

-Yo no quiero robar nada -dijo T.-. Tengo una idea mejor.

-¿Cuál es?

T. levantó los ojos, tan grises y perturbados como ese descolorido día de agosto.

-La derribaremos -dijo-. La destruiremos.

Blackie lanzó un solitario grito de risa y entonces, como Mike, se quedó callado, intimidado por esa mirada seria e implacable.

-¿Y qué va a hacer la policía todo ese tiempo? -dijo.

-No se enterarían. Lo haríamos desde adentro. Encontré una forma de entrar.

Con una especie de intensidad, dijo:

-Seríamos como gusanos, ven, en una manzana. Cuando volvamos a salir no quedará nada, ni escaleras, ni paneles, nada excepto las paredes, y entonces haríamos que las paredes se derrumben, de alguna manera.

-Iríamos a la cárcel -dijo Blackie.

-¿Quién va a probarlo? Y de todas maneras no robaríamos nada.

Con un ligerísimo parpadeo de gozo, agregó:

-No habría nada para robar cuando hubiéramos terminado.

-Nunca oí que alguien fuera a prisión por romper cosas -dijo Summers.

-No habría tiempo -dijo Blackie-. Yo he visto trabajar a los que derriban casas.

-Nosotros somos doce -dijo T.-. Nos organizaríamos.

-Ninguno de nosotros sabe cómo…

-Yo sí sé -dijo T., y dirigió la mirada a Blackie-. ¿Tú tienes un plan mejor?

-Hoy -dijo Mike sin tacto-, vamos a colarnos en los ómnibus y viajar gratis…

-Viajar gratis -dijo T.-. Cosas de niños. Puedes apartarte, Blackie, si es lo que prefieres…

-La pandilla tiene que votar.

-Entonces somételo a votación.

Blackie dijo, incómodo:

-Se propone que mañana y el lunes destruyamos la casa del Viejo Miseria.

-Yo, yo -dijo un chico gordo llamado Joe.

-¿Quién está a favor?

T. dijo:

-Está aprobado.

-¿Cómo empezamos? -preguntó Summers.

-Él va a explicarlo -dijo Blackie. Era el fin de su liderazgo. Se alejó hacia la parte posterior de la playa de estacionamiento y comenzó a patear una piedra, haciéndola volverse hacia un lado y hacia otro. En la playa sólo había un viejo Morris, ya que quedaban pocos vehículos allí, salvo camiones: sin un guardia, no había seguridad. Lanzó una patada al auto e hizo saltar un poco de pintura del guardabarros trasero. Más allá, sin prestarle más atención que la que se daría a un desconocido, la pandilla había rodeado a T.; Blackie era oscuramente consciente del cambio de favor. Pensó en volver a su casa, en no regresar jamás, en dejar que todos descubrieran la falsedad del liderazgo de T., pero supongamos que, después de todo, lo que T. proponía fuera posible; nunca se había hecho nada así antes. Sin duda la fama de la pandilla de la playa de estacionamiento de Wormsley Common llegaría hasta Londres. Habría titulares en los diarios. Incluso las pandillas de adultos que manejaban las apuestas de las pulseadas y los vendedores ambulantes de frutas se enterarían con respeto de la forma en que habían destruido la casa del Viejo Miseria. Impulsado por la pura, simple y altruista ambición de fama para la pandilla, Blackie regresó al lugar donde estaba T., de pie a la sombra de la pared de la casa del Viejo Miseria.

T. estaba dando órdenes con decisión: era como si ese plan hubiera estado en su cabeza durante toda su vida, analizado a través de las estaciones, ahora en su decimoquinto año cristalizado con los dolores de la pubertad.

-Tú -le dijo a Mike- trae algunos clavos grandes, los más grandes que puedas encontrar, y un martillo. Todos los que puedan mejor que traigan un martillo y un destornillador. Necesitaremos muchos. Formones también. Eso nunca está de más. ¿Alguien puede traer un serrucho?

-Yo puedo -dijo Mike.

-No un serrucho de juguete -dijo T.- uno de verdad.

Blackie se dio cuenta de que había levantado la mano como cualquier miembro común de la pandilla.

-Correcto, tráelo tú, Blackie. Pero ahora tenemos una dificultad. Precisamos una sierra.

-¿Qué es una sierra? -preguntó alguien.

-Podemos comprar una en Woolworth’s -dijo Summers.

El chico gordo llamado Joe dijo con melancolía:

-Yo sabía que esto terminaría con una colecta.

-Yo mismo conseguiré una -dijo T.-. No quiero tu dinero. Pero no puedo comprar una maza.

Blackie dijo:

-Están trabajando en la número 15. Sé dónde van a dejar las herramientas durante el feriado bancario.

-Entonces eso es todo -dijo T.-. Nos encontraremos aquí a las nueve en punto.

-Yo tengo que ir a la iglesia -dijo Mike.

-Asómate por encima de la pared y silba. Te dejaremos entrar.

II

El domingo a la mañana todos llegaron puntualmente excepto Blackie, incluso Mike. Mike había tenido un golpe de suerte. Su madre había caído enferma, su padre estaba cansado después de la noche del sábado y le habían dicho que fuera a la iglesia solo, con toda clase de advertencias sobre lo que le sucedería si se desviaba. Blackie había tenido dificultades para sacar el serrucho, y después para encontrar una maza en los fondos de la número 15. Se acercó a la casa desde una calleja que daba a la parte posterior del jardín, por miedo a la recorrida del policía en la calle principal. La cansada vegetación perenne mantenía a raya un sol de tormenta; en el Atlántico se estaba formando otro feriado mojado, que empezaba con remolinos de polvo debajo de los árboles. Blackie trepó por la pared hacia el jardín de Miseria.

No había señales de nadie por ningún lado. El lavatorio se destacaba como una tumba en un cementerio abandonado. Las cortinas estaban cerradas. La casa dormía. Blackie se acercó con el serrucho y la maza. Tal vez después de todo no se había presentado nadie. El plan había sido una invención descabellada; se habían despertado más sabios. Pero cuando se aproximó a la puerta cerrada pudo oír una confusión de sonidos apenas más fuertes que un enjambre en una colmena: un clíqueti clac, un bangbang, una raspadura, un crujido, un repentino y doloroso estrépito de rotura. Pensó: es cierto, y silbó.

Le abrieron la puerta trasera y entró. De inmediato tuvo la impresión de organización, muy diferente de la atmósfera de libertad que existía bajo su liderazgo. Durante un rato vagabundeó subiendo y bajando las escaleras buscando a T. Nadie le dirigió la palabra: tuvo la sensación de una gran urgencia, y ya podía comenzar a entender el plan. Estaban demoliendo cuidadosamente el interior de la casa sin tocar las paredes. Summers, con un martillo y un formón, estaba arrancando los zócalos del piso del comedor: ya había destruido los paneles de la puerta. En el mismo cuarto Joe estaba levantando los bloques del parquet, dejando al descubierto las tablas de madera blanda del piso que estaban encima del sótano. De los zócalos dañados se desprendían rollos de cables y Mike estaba sentado alegremente en el suelo, cortando los cables.

En lo alto de la escalera curva había dos miembros de la pandilla dedicándose con esfuerzo al pasamanos con un inadecuado serrucho de juguete; cuando vieron el gran serrucho de Blackie se lo pidieron con una señal y sin decir palabra. Cuando los volvió a ver ya habían arrojado en el vestíbulo un cuarto del pasamanos. Finalmente encontró a T. en el cuarto de baño; estaba sentado con expresión de malhumor en el lugar de la casa al que menos importancia se le daba, escuchando los sonidos que venían de abajo.

-Lo hiciste de verdad -dijo Blackie con reverencia-. ¿Qué va a pasar?

-Recién empezamos -dijo T. Miró la maza y le dio instrucciones-. Tú quédate aquí y rompe la bañadera y la pileta. No te preocupes por las cañerías. Nos encargaremos de ellas más tarde.

Mike apareció por la puerta.

-Ya he terminado con los cables, T. -dijo.

-Bien. Ahora sólo tienes que dar vueltas por ahí. La cocina está en el sótano. Destroza toda la porcelana y las copas y las botellas que puedas encontrar. No abras las canillas, no nos conviene que haya una inundación, aún no. Después entra en todas las habitaciones y da vuelta los cajones. Si están cerrados con llave haz que uno de los otros los abra a golpes. Rompe todos los papeles que encuentres y destroza todos los adornos. Mejor que tomes un cuchillo de cortar carne de la cocina. El dormitorio está ahí enfrente. Abre las almohadas y corta las sábanas. Eso es suficiente por el momento. Y tú, Blackie, cuando hayas terminado aquí quiebra el yeso del pasaje de arriba con la maza.

-¿Tú qué vas a hacer? -preguntó Blackie.

-Estoy buscando algo especial -dijo T.

Se hizo casi la hora del almuerzo antes de que Blackie hubiera terminado y fuera a buscar a T. El caos había avanzado. La cocina era un revoltijo de vidrios y porcelanas rotas. En el comedor habían quitado todo el parquet, los zócalos estaban levantados, habían quitado la puerta del marco, y los destructores habían subido un piso. Entraban franjas de luz a través de los postigos cerrados donde trabajaban con la seriedad de creadores; y la destrucción, después de todo, es un acto de creación. Cierto tipo de imaginación había visto esta casa de la forma en que se había convertido ahora. Mike dijo:

-Tengo que ir a casa a comer.

-¿Quién más? -preguntó T., pero todos los demás, con una u otra excusa, habían traído provisiones.

Se acomodaron de cuclillas en las ruinas de la habitación y se intercambiaron los sándwiches que no querían. Media hora para almorzar y luego se pusieron a trabajar otra vez. Cuando Mike regresó ya estaban en el último piso, y a las seis de la tarde el daño superficial estaba completo. Todas las puertas estaban arrancadas, todos los zócalos levantados, los muebles saqueados y arrancados y aplastados; nadie podría haber dormido en esa casa salvo en una cama de yeso roto. T. dio órdenes -a las ocho en punto a la mañana siguiente- y para no ser vistos salieron de a uno trepando por la pared del jardín, hacia la playa de estacionamiento. Sólo quedaron Blackie y T.: ya casi no había luz, y cuando tocaron un interruptor, no funcionó nada; Mike había hecho su trabajo a conciencia.

-¿Encontraste algo especial? -preguntó Blackie.

T. asintió.

-Ven aquí -dijo- y mira.

De ambos bolsillos sacó montones de billetes de una libra.

-Los ahorros del Viejo Miseria -dijo.

Mike cortó el colchón, pero no los vio.

-¿Qué vas a hacer con ellos? ¿Compartirlos?

-No somos ladrones -dijo T. -. Nadie va a robar nada de esta casa. Éstos los guardé para ti y para mí; una celebración.

Se puso de rodillas en el piso y los contó: en total había setenta.

-Vamos a quemarlos -dijo- uno por uno.

Y, turnándose, levantaban un billete hacia arriba y encendían la punta, de manera que la llamarada bajara lentamente hacia sus dedos. La ceniza gris flotaba por encima de ellos y caía sobre sus cabezas como los años.

-Me gustaría ver la cara del Viejo Miseria cuando terminemos -dijo T.

-¿Lo odias mucho? -preguntó Blackie.

-Por supuesto que no lo odio -dijo T.-. No sería divertido si lo odiara.

El último billete en llamas iluminó su cara meditativa.

-Todo eso del odio y el amor -dijo- es blando, es una tontería. Lo único que existe son las cosas, Blackie -y miró a su alrededor, la sala abarrotada con las sombras no familiares de cosas partidas por la mitad, cosas rotas, ex cosas.

-Te juego una carrera a casa, Blackie -dijo.

III

A la mañana siguiente comenzó la destrucción en serio. Faltaban dos: Mike y otro chico cuyos padres habían ido a Southend y Brighton a pesar de las gotas lentas y calientes que habían comenzado a caer y del rugido del trueno en el estuario como los primeros cañones del bombardeo.

-Tenemos que apurarnos -dijo T.

Summers estaba impaciente.

-¿No hicimos suficiente? -preguntó-. Me dieron dinero para las máquinas tragamonedas. Esto es como trabajar.

-Apenas empezamos -dijo T.-. Vamos, todavía quedan los pisos, y las escaleras. No hemos quitado una sola de las ventanas. Tú votaste como los demás. Vamos a destruir esta casa. No va a quedar nada cuando terminemos.

Volvieron a empezar en la planta baja levantando las tablas superiores del piso que estaban junto a la pared exterior, dejando expuestas las vigas. Después serrucharon las vigas y retrocedieron hacia el vestíbulo, a medida que lo que quedaba del piso se inclinaba y se hundía. Habían aprendido con la práctica, y el otro piso se derrumbó más fácilmente. Cuando estaba anocheciendo los inundó una extraña euforia en el momento en que miraron hacia abajo y vieron el gran hueco de la casa. Corrieron riesgos y cometieron errores: cuando pensaron en las ventanas ya era demasiado tarde para alcanzarlas. Joe dejó caer un penique en el pozo seco y lleno de escombros. La moneda rebotó y giró entre los pedazos de vidrio roto.

-¿Por qué empezamos esto? -preguntó Summers con asombro; T. ya estaba en el suelo, cavando entre los escombros, abriendo un claro a lo largo de la pared exterior.

-Abran las canillas -dijo-. Está demasiado oscuro ahora como para que alguien lo vea, y por la mañana ya no tendrá importancia.

El agua los pasó de largo por la escalera y cayó en las habitaciones sin pisos. Fue en ese momento que oyeron que Mike silbaba en el fondo.

-Algo anda mal -dijo Blackie. Podían oír su respiración urgente cuando abrían el cerrojo de la puerta.

-¿La policía? -preguntó Summers.

-El Viejo Miseria -dijo Mike-. Viene para acá -dijo con orgullo.

-¿Pero cómo? -dijo T.-. Él me había dicho… -protestó con la furia del niño que jamás había sido-. No es justo.

-Había ido a Southend -dijo Mike- y estaba en el tren de regreso. Dijo que hacía demasiado frío y humedad.

Hizo una pausa y echó una mirada al agua.

-Caramba, ustedes tuvieron una tormenta aquí. ¿Gotea el techo?

-¿Cuánto va a tardar en llegar?

-Cinco minutos. Me escapé de mi mamá y vine corriendo.

-Mejor que nos vayamos -dijo Summers-. De todas formas, ya hemos hecho suficiente.

-Oh, no, no es así. Cualquiera podría hacer esto…

“Esto” era la casa destrozada y ahuecada en la que no quedaba nada excepto las paredes. Sin embargo las paredes podrían conservarse. Las fachadas eran valiosas. Podrían construir dentro de ellas otra vez, algo más hermoso que antes. Esto podría volver a ser un hogar. Dijo, enojado:

-Tenemos que terminar. No se muevan. Déjenme pensar.

-No hay tiempo -dijo uno de los chicos.

-Tiene que haber una forma -dijo T.-. No podríamos haber llegado tan lejos…

-Hemos hecho mucho -dijo Blackie.

-No, no. No es así. Que alguien vigile la parte de adelante.

-No podemos hacer más.

-Puede entrar por el fondo.

-Vigilen el fondo también -T. comenzó a rogar-. Sólo denme un minuto y yo lo arreglo. Juro que lo arreglaré.

Pero su autoridad había desaparecido con su ambigüedad. No era más que uno de la pandilla.

-Por favor -dijo.

-Por favor -Summers lo imitó, y entonces de pronto lo golpeó de lleno con el nombre fatal-. Vete corriendo a tu casa, Trevor.

T. se quedó con la espalda apoyada contra los escombros como un boxeador a quien habían noqueado y dejado semi desmayado contra las sogas. No le quedaban palabras y sus sueños se sacudían y se deslizaban. Entonces Blackie intervino antes de que la pandilla tuviera tiempo de echarse a reír, y empujó a Summers hacia atrás.

-Yo vigilaré el frente, T. -dijo, y con cautela abrió los postigos del vestíbulo. El terreno público, mojado y gris, se extendía hacia adelante, y las luces brillaban en los charcos.

-Alguien viene, T. No, no es él. ¿Cuál es tu plan, T.?

-Dile a Mike que vaya al lavatorio y se esconda pegado al costado. Cuando oiga que yo silbo tiene que contar hasta diez y empezar a gritar.

-¿Gritar qué?

-Oh, “Socorro”, algo así.

-Ya oíste, Mike -dijo Blackie. Era el líder otra vez. Echó un rápido vistazo por entre los postigos-. Ya viene, T.

-Rápido, Mike. El lavatorio. Quédate aquí, Blackie, todos ustedes, hasta que yo grite.

-¿Qué vas a hacer, T.?

-No te preocupes. Yo me encargo de esto. Dije que lo haría, ¿no?

El Viejo Miseria venía cojeando por el terreno común. Tenía barro en los zapatos y se detuvo para quitárselo raspándolos contra el borde del pavimento. No quería ensuciar su casa, que se veía torcida y oscura entre los sitios en los que habían caído las bombas, salvada por tan poco, creía él, de la destrucción. El estallido de la bomba ni siquiera había roto las lámparas del ventilador. En algún lugar silbó alguien. El Viejo Miseria miró rápidamente a su alrededor. No confiaba en los silbidos. Un niño estaba gritando: el sonido parecía venir de su propio jardín. Entonces un chico apareció corriendo en la calle, desde la playa de estacionamiento.

-Señor Thomas -exclamó-. Señor Thomas.

-¿Qué pasa?

-Lo lamento profundamente, señor Thomas. Uno de nosotros tuvo un apuro, y pensamos que a usted no le molestaría, y ahora no puede salir.

-¿A qué te refieres, muchacho?

-Se quedó encerrado en su lavatorio.

-Él no tenía nada que hacer en… ¿A ti no te había visto antes?

-Usted me mostró su casa.

-Es cierto. Es cierto. Eso no te da derecho a…

-Apresúrese, señor Thomas. Va a asfixiarse.

-Tonterías. No puede asfixiarse. Espera a que deje mi bolso adentro.

-Yo le llevo el bolso.

-Oh, no, de ninguna manera. Yo llevo mis propias cosas.

-Por aquí, señor Thomas.

-No puedo entrar en el jardín por acá. Tengo que entrar por la casa.

-Pero sí se puede entrar en el jardín por este camino, señor Thomas. Nosotros lo hacemos a menudo.

-¿Ustedes lo hacen a menudo?

Siguió al muchacho con una fascinación escandalizada.

-¿Cuándo? ¿Con qué derecho…?

-¿Ve…? La pared es baja.

-No voy a trepar una pared para entrar en mi propio jardín. Es absurdo.

-Así es como lo hacemos nosotros. Un pie aquí, un pie acá, y al otro lado.

La cara del muchacho se asomó, un brazo se disparó, y el señor Thomas se dio cuenta de que le habían quitado el bolso y lo habían depositado al otro lado de la pared.

-Devuélvanme mi bolso -dijo el Sr. Thomas. Desde el retrete un chico no dejaba de gritar-. Voy a llamar a la policía.

-Su bolso está bien, señor Thomas. Mire. Un pie allí. A la derecha. Ahora apenas más arriba. A la izquierda.

El Sr. Thomas trepó por la pared de su propio jardín.

-Aquí tiene el bolso, señor Thomas.

IV

Mike se había ido a dormir, pero el resto se quedó. La cuestión del liderazgo ya no preocupaba a la pandilla. Con clavos, formones, destornilladores, cualquier cosa que fuera filosa y penetrante, recorrían las paredes interiores, preocupándose por el cemento que unía los ladrillos. Comenzaron en un punto demasiado elevado, y fue Blackie quien dio con el recorrido de la cañería y se dio cuenta de que podrían reducir el trabajo a la mitad si debilitaban las uniones que estaban inmediatamente arriba. Era una tarea larga, cansadora y aburrida, pero finalmente la terminaron. La casa destripada se mantenía en equilibrio sobre unos pocos centímetros de cemento entre el paso de los caños y los ladrillos. Quedaba por hacer la tarea más peligrosa de todas, afuera, a la vista, en el límite del sitio de la bomba. Mandaron a Summers a que vigilara la calle, por si pasaba alguien, y el señor Thomas, sentado en el retrete, ahora oía con claridad el sonido de un serrucho. Ya no venía de la casa, y eso lo tranquilizó un poco. Se sintió menos preocupado. Tal vez tampoco los otros ruidos tuvieran importancia.

Una voz le habló a través del orificio.

-Señor Thomas.

-Déjame salir -dijo Thomas con firmeza.

-Aquí tiene una manta -dijo la voz, y una salchicha larga y gris pasó por el agujero y cayó como pañales sobre la cabeza de Thomas.

-No es nada personal -dijo la voz-. Queremos que esté cómodo esta noche.

-Esta noche -repitió Thomas con incredulidad.

-Agarre esto -dijo la voz-. Panecillos; les pusimos manteca, y salchichas. No queremos que pase hambre, señor Thomas.

Thomas rogó desesperadamente:

-Una broma es una broma, muchacho. Déjame salir y no diré nada. Sufro de reuma. Tengo que dormir cómodo.

-No estaría cómodo en su casa. No, no lo estaría. Ahora no.

-¿A qué te refieres, muchacho? -pero las pisadas retrocedieron. Sólo quedaba el silencio de la noche: ningún sonido de serrucho. Thomas intentó volver a gritar, pero estaba intimidado y reprendido por el silencio: a lo lejos un buho graznó y volvió a alejarse en un vuelo asordinado a través del mundo sin sonidos.

A las siete de la mañana siguiente el chofer vino a buscar su camión. Se subió al asiento y trató de encender el motor. Le pareció oír vagamente una voz que gritaba, pero no era asunto de él. Por fin el motor respondió y él hizo retroceder el camión hasta que tocó el gran puntal de madera que sostenía la casa del Sr. Thomas. De esa manera podía salir hacia la calle directamente sin poner marcha atrás. El camión se movió hacia adelante, se detuvo un momento como si lo estuvieran tironeando desde atrás, y después siguió avanzando con el sonido de un largo y estrepitoso derrumbe. El chofer quedó asombrado cuando vio que unos ladrillos salían volando delante de él, mientras que unas piedras golpeaban el techo de la cabina del camión. Apretó los frenos. Cuando salió del vehículo todo el paisaje se había alterado de pronto. Ya no había ninguna casa al lado de la playa de estacionamiento, sólo una montaña de escombros. Dio una vuelta y examinó la parte posterior del camión para ver si se había dañado, y encontró una soga atada allí que en el otro extremo todavía estaba retorcida alrededor de un soporte de madera.

Otra vez le pareció al chofer que alguien estaba gritando. El sonido venía de la edificación de madera que era lo más parecido a una casa en esa desolación de ladrillos rotos. El chofer trepó por la pared destrozada y abrió la puerta. El señor Thomas salió del retrete. Llevaba encima una manta gris con pedacitos de yeso adheridos. Lanzó un grito sollozante.

-Mi casa -dijo-. ¿Dónde está mi casa?

-A mí que me revisen -dijo el chofer. Sus ojos iluminaron los restos de una bañadera y lo que alguna vez había sido una cómoda y comenzó a reírse. Ya no quedaba nada en ningún lado.

-Cómo se atreve a reír -dijo el señor Thomas-. Era mi casa. Mi casa.

-Lo siento -dijo el chofer, haciendo esfuerzos heroicos, pero cuando recordó el repentino tirón de su camión, el ruido de los ladrillos que caían, volvió a sufrir convulsiones. En un momento la casa estaba allí, con tanta dignidad entre los sitios de las bombas, como un hombre de sombrero alto, y entonces, bang, crash, ya no quedaba nada; nada de nada.

-Lo siento -dijo-, no puedo evitarlo, señor Thomas. No es nada personal, pero tiene que admitir que es gracioso.

(Del libro Veintiún cuentos, escrito por Graham Greene.)

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