Fragmento inédito de Nocturno de Chile (octubre 1999)

Siempre disfruté mis actividades como Sebastián Urrutia Lacroix. Ser crítico literario era mucho más emocionante que ser el cura Ibacache, ese hombre a quien la gente miraba con ternura y daba siempre una palmada en la espalda, quizá por ser uno de los pocos que aún tenía fe, o tal vez por ser uno de los ingenuos que creía que había forma de encontrar la salvación. Confieso que reseñé algunos libros por compromiso, otros porque eran buenos y, la mayoría, porque me disgustaron. En todos esos años como crítico sólo encontré un libro que me movió profundamente. Fue El Túnel, de Ernesto Sabato. Nunca lo reseñé precisamente porque me gustó tanto. Contradictorio, así es, aunque me esconda detrás de una sotana, en el fondo soy igual a cualquier otro ser humano. Supe del libro en una de las visitas a Farewell. Mientras el viejo me sometía al incómodo ritual de tocarme la cadera, me habló durante horas de la novela del escritor argentino. Me sorprendí cuando me informó que había sido elogiado por Albert Camus. Nadie lo sabía, pero El extranjero pertenecía a ese rubro de libros que me habían movido profundamente; lo leía a escondidas en el seminario cuando me sentía solo o cuando hacía mucho calor. Farewell continuó hablando de las maravillas de la primera novela de Sabato, la cual yo desconocía. Y te haces llamar crítico literario, me dijo. ¿Dejo de serlo por no conocer un libro?, dije yo. Deberías dejarte de tonterías y parar de fingir, me dijo. ¿A qué se refiere?, pregunté. Lo sabes bien, ¿hasta cuándo estos cariñitos en la cadera? ¿También tengo que bajarte los pantalones?, dijo él. Desvié la mirada y escruté los estantes del librero, buscando el libro en cuestión, deseando en silencio que Farewell alejara de mi pierna su miembro erecto. ¿Qué tanto miras?, preguntó. Si usted tiene aquí El túnel, me comprometo a leerlo esta misma noche y devolvérselo mañana, así podremos hablar el mismo idioma, dije yo. A Farewell le brillaron los ojos y, después de llamarme rufián e inculto, se levantó para buscar el libro que describía perfectamente el lado oscuro del ser humano, según Farewell. Tal y como lo prometí, lo leí esa misma noche. No pude soltarlo. “Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.” Así comenzaba. De inmediato quise conocer las razones que habían llevado a Castel al borde de la locura, esas líneas sólo podían ser las del diario de un loco. Me obsesioné con la idea de que el libro de Sabato no era ficción. Sospeché incluso del propio Sabato y me puse a investigar todo lo que pude sobre su vida. Nunca he creído en las casualidades. Primero, descubrí que la esposa de Sabato se llamaba Matilde, estaba seguro de que el escritor modificó ligeramente el nombre, de Matilde a María, para no causar sospechas. La pareja vivió en París varios años en los que Sabato se dedicó a la ciencia, pero tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, volvió con su mujer a Argentina. Al regresar, Sabato decidió que se dedicaría de lleno a la literatura… y a la pintura… Todo encajaba. Castel era el alter ego de Sabato y las señales eran muy claras. Estuve a punto de compartir con Farewell los detalles de mi investigación. Según yo, la inocente Matilde era en realidad María y nadie sabía que su esposo la había asesinado brutalmente en algún momento antes de 1948, año en que se publicó la aclamada novela; la única prueba era la confesión escrita por el propio Sabato, bajo el nombre de Juan Pablo Castel. Por fortuna, en mi última semana de indagación, encontré por casualidad un suplemento literario publicado el 30 de septiembre de 1999. Allí venía una breve nota dedicada al prestigioso escritor Ernesto Sabato, quien había perdido el año anterior a su amada esposa, Matilde Kusminsky Richter. Me sentí idiota. Aun así, siempre he estado convencido de que el relato contiene más verdad que ficción. Primero, por estar narrado en primera persona. Segundo, por la forma en que Castel (¿Sabato?) describe el primer encuentro con María Iribiarne y todo lo que se desencadenó después de que ella mirara con detenimiento ese cuadro suyo en la exposición. María había sido la única que se detuvo a observar la ventanita con una mujer frente al mar, parte de una obra pictórica mayor cuyo nombre he olvidado. Castel era un pobre diablo, inseguro y demente, que encontró en María el pozo perfecto para arrojar sus desperdicios. A pesar de que aseguraba amarla, en realidad la detestaba. Ella representaba todos los resentimientos a las mujeres, a la humanidad entera. Se vengaba de todos a través de ella y terminó por matarla de una puñalada, después de un amorío enfermo, repleto de reclamos y encuentros sexuales desgraciados. Todo sobre María volvía loco a Castel: que ella fuera menor que él; que ella estuviera casada con el ciego Allende; que ella engañara a ambos con el primo de Allende, Hunter. A pesar de no tener prueba de sus conjeturas –tal y como yo no tenía pruebas de que Castel era el alter ego de Sabato–, nadie, ni la propia María, pudo cambiar las ideas del desquiciado pintor. Así, hoy sigo creyendo firmemente que hay más de Sabato que de Castel en El túnel. Mientras leía esas páginas, ese diario de un hombre loco, no podía evitarlo y encontraba semejanzas entre Castel y Farewell. Ambos tenían esa actitud prepotente y estaban seguros de que podrían conseguir lo que les viniera en gana por el medio que fuera necesario, sin remordimientos, sin escrúpulos, sin alguien que les pusiera un alto. Cuando devolví el libro a Farewell evité hablar sobre El túnel. ¿Eso es todo lo que tienes que decir? ¿Que es un buen libro?, preguntó molesto. Sí, en realidad nunca me han gustado mucho los libros narrados en primera persona. No tengo interés en leer diarios ajenos, dije yo. Y te dices crítico literario, me dijo, al mismo tiempo que se puso de pie para repetir el ritual de siempre. Ábrelo al azar, dijo, y con la mano derecha tocó mi cadera. ¿Para qué?, pregunté. Quiero que elijas una página al azar y me leas un fragmento, ordenó mientras con la mano izquierda acariciaba mi hombro. Tomé el libro y lo abrí sin titubear. Era la página en la que Castel recibe una carta de María, que decía: “Yo también pienso en usted”. Permanecí en silencio, sintiendo las manos lascivas de Farewell. Las yemas de sus dedos eran rasposas, y aunque intentaba no sentir, con cada caricia se me enchinaba la piel. ¿Y bien, qué dice?, susurró en mi oído aquel hombre halitoso. “Yo también pienso en usted”, leí. Lo sospechaba, dijo él. Y entonces me bajó por primera vez la bragueta. -MPT.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s